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martes, 24 de abril de 2018

El juicio:


Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de asesinato. El culpable era una persona muy influyente del reino, y por eso desde el primer momento se procuró hallar un chivo expiatorio para encubrirlo.
El hombre fue llevado a juicio y comprendió que tendría escasas oportunidades de escapar a la horca. El juez, aunque también estaba confabulado, se cuidó de mantener todas las apariencias de un juicio justo. Por eso le dijo al acusado: “Conociendo tu fama de hombre justo, voy a dejar tu suerte en manos de Dios: escribiré en dos papeles separados las palabras 'culpable' e 'inocente'. Tú escogerás, y será la Providencia la que decida tu destino”.
Por supuesto, el perverso funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: “Culpable”. La víctima, aun sin conocer los detalles, se dio cuenta de que el sistema era una trampa. Cuando el juez lo conminó a tomar uno de los papeles, el hombre respiró pro-, fundamente y permaneció en silencio unos segundos con los ojos cerrados. Cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y, con una sonrisa, tomó uno de los papeles, se lo metió a la boca y lo engulló rápidamente.
Sorprendidos e indignados, los presentes le reprocharon.
—Pero, ¿qué ha hecho? ¿Ahora cómo diablos vamos a saber el veredicto?
—Es muy sencillo —replicó el hombre—.
Es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué.
Con refunfuños y una bronca muy mal disimulada, debieron liberar al acusado, y jamás volvieron a molestarlo.
MORALEJA: “Por más difícil que se nos presente una situación, nunca dejemos de buscar la salida, ni de luchar hasta el último momento. En momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”.

miércoles, 4 de abril de 2018

Los cucharones largos



En cierta ocasión, un Sultán que tenía fama de ser muy excéntrico, dio una fiesta en el palacio e invitó a todos sus amigos del Reino.
Estos concurrieron al agasajo con gran algarabía y expectativas, engalanados con sus mejores vestidos y sus más lúcidas joyas. Luego de las presentaciones, salutaciones y protocolos, los invitados fueron entretenidos con danzas exóticas, interesantes charadas y toda suerte de diversiones que disfrutaron y aplaudieron con gran entusiasmo. Todo era de gran esplendor y magnificencia y los invitados estaban maravillados. Era, como se esperaba, una fiesta digna del rango de ese Sultán y ratificaba la fama de que gozaba.
Pero la comida no llegaba. A medida que pasaba el tiempo, crecían más las expectativas y también el hambre. Una situación de esta naturaleza no era para nada lo acostumbrado.
Todavía hubo otros números y espectáculos que distrajeron, en parte, a los invitados. Algunos se habían malhumorado, pensando que habían sido objeto de alguna broma grosera, pero era tal el prestigio y seriedad del Sultán, que decidieron esperar un poco más para ver qué ocurría y aguardaron en silencio.
Después hubo canto, poesía, regalos para todos.
Cuando la situación ya se hacía insostenible, fueron invitados a pasar a una sala especial, donde estaba la comida.
Allí, encontraron una gran olla, llena de sopa que despedía un aroma tan exquisito, como jamás habían conocido os amigos del Sultán.
Cuando los invitados corrieron a la olla, comprobaron que no tenía un cucharón común para servirse, sino que tenía muchos, muchos cucharones con mangos inmensamente largos.
Estos cucharones eran los únicos elementos que había para servirse tan deliciosa comida, pues tampoco se veían platos donde colocar la sopa.
Trataron de tomar la sopa entonces, directamente desde el cucharón, pues a esta altura de los acontecimientos estaban casi muertos de hambre.
Pero como los mangos de estos cucharones eran más largos que los propios brazos de los comensales, no pudieron llevárselos a los labios.
La sopa estaba hirviendo. Tampoco pudieron llevárselos a la boca porque se hubieran quemado las manos al estar los mangos muy calientes.
Probaron y probaron sin ningún resultado. Estaban ya sin fuerzas, hambrientos y confusos.
De repente a uno de los invitados se le ocurrió tomar el cucharón de la manera usual y darle a otro invitado de comer y éste entonces comió.
Además, con el tiempo transcurrido, la sopa ahora sólo estaba templada.
Cuando los demás vieron esto, comenzaron a imitarlos y así pudieron comer todos, al comprender que la única forma de alimentarse en aquel palacio era sirviéndose los unos a los otros.

jueves, 8 de febrero de 2018

EL NIÑO Y SU MADRE


Cuento popular
- Para que tu nuevo palacio te de felicidad, cuando lo construyas debes emparedar vivo a un niño. Las estrellas lo ordenan le dijeron los astrólogos al rey.
Pero antes de ser emparedado, el muchachito rogó:
- Permítame, Su Majestad, hacer tres preguntas sencillas a los astrólogos. Si no saben la respuestas, ¿Cómo estar seguros de que interpretaron bien el difícil lenguaje de las estrellas?
El rey dio su permiso y el niño preguntó:
- ¿Qué es lo más liviano, lo más dulce y lo más duro del mundo?
Tres días tardaron los astrólogos en hallar la respuesta:
- Lo más liviano es una pluma, lo más dulce es la miel, lo más duro es una piedra contestó uno de ellos, en nombre de todos.
- Eso lo puede responder cualquier tonto dijo el niño-. De los sabios, esperaba respuestas más profundas. Lo más liviano del mundo es un niño en brazos de su madre. Lo más dulce del mundo es leche de la madre para el bebé. Y lo más duro que existe sobre la Tierra es, saber que su hijo será emparedado.

El rey comprendió. El niño fue devuelto a su madre y los astrólogos tuvieron que abandonar la corte.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El Reino de este Mundo


Saberse rico no siempre significa tener dinero. Algunas personas consideran que teniendo llenos sus bolsillos, tienen consigo mismos las llaves de la felicidad y la riqueza. Sin embargo, quizás sea necesario que veamos más allá de lo material... En lo cotidiano y en lo más simple, las personas más felices, encuentran su felicidad. 


Un viejo ermitaño fue invitado cierta vez a visitar la corte del rey más poderoso de aquella época.
-Envidio a un hombre santo como tú, que se contenta con tan poco – comentó el soberano.
- Yo envidio a Vuestra Majestad, que se contenta con menos que yo – respondió el ermitaño.
- ¿Cómo puedes decirme esto, cuando todo el país me perteneces? – dijo el rey, ofendido.
- Justamente por eso. Yo tengo la música de las esferas celestes, tengo los ríos y las montañas del mundo entero, tengo la luna y el sol, porque tengo a Dios en mi alma. Vuestra Majestad, sin embargo, sólo posee este reino.

Paulo Coelho