Mostrando entradas con la etiqueta maestro zen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta maestro zen. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de abril de 2018

Los cucharones largos



En cierta ocasión, un Sultán que tenía fama de ser muy excéntrico, dio una fiesta en el palacio e invitó a todos sus amigos del Reino.
Estos concurrieron al agasajo con gran algarabía y expectativas, engalanados con sus mejores vestidos y sus más lúcidas joyas. Luego de las presentaciones, salutaciones y protocolos, los invitados fueron entretenidos con danzas exóticas, interesantes charadas y toda suerte de diversiones que disfrutaron y aplaudieron con gran entusiasmo. Todo era de gran esplendor y magnificencia y los invitados estaban maravillados. Era, como se esperaba, una fiesta digna del rango de ese Sultán y ratificaba la fama de que gozaba.
Pero la comida no llegaba. A medida que pasaba el tiempo, crecían más las expectativas y también el hambre. Una situación de esta naturaleza no era para nada lo acostumbrado.
Todavía hubo otros números y espectáculos que distrajeron, en parte, a los invitados. Algunos se habían malhumorado, pensando que habían sido objeto de alguna broma grosera, pero era tal el prestigio y seriedad del Sultán, que decidieron esperar un poco más para ver qué ocurría y aguardaron en silencio.
Después hubo canto, poesía, regalos para todos.
Cuando la situación ya se hacía insostenible, fueron invitados a pasar a una sala especial, donde estaba la comida.
Allí, encontraron una gran olla, llena de sopa que despedía un aroma tan exquisito, como jamás habían conocido os amigos del Sultán.
Cuando los invitados corrieron a la olla, comprobaron que no tenía un cucharón común para servirse, sino que tenía muchos, muchos cucharones con mangos inmensamente largos.
Estos cucharones eran los únicos elementos que había para servirse tan deliciosa comida, pues tampoco se veían platos donde colocar la sopa.
Trataron de tomar la sopa entonces, directamente desde el cucharón, pues a esta altura de los acontecimientos estaban casi muertos de hambre.
Pero como los mangos de estos cucharones eran más largos que los propios brazos de los comensales, no pudieron llevárselos a los labios.
La sopa estaba hirviendo. Tampoco pudieron llevárselos a la boca porque se hubieran quemado las manos al estar los mangos muy calientes.
Probaron y probaron sin ningún resultado. Estaban ya sin fuerzas, hambrientos y confusos.
De repente a uno de los invitados se le ocurrió tomar el cucharón de la manera usual y darle a otro invitado de comer y éste entonces comió.
Además, con el tiempo transcurrido, la sopa ahora sólo estaba templada.
Cuando los demás vieron esto, comenzaron a imitarlos y así pudieron comer todos, al comprender que la única forma de alimentarse en aquel palacio era sirviéndose los unos a los otros.

jueves, 1 de marzo de 2018

Las Tres Pipas



Una vez, un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle que estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido gravemente.
Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad. El jefe lo escuchó atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero antes de hacerlo, llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del árbol sagrado del pueblo.
El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego, sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor, que era excesivo matar a su enemigo pero que sí le daría una paliza memorable para que nunca se olvidara de su ofensa.
Nuevamente, el anciano lo escuchó y aprobó su decisión, pero le ordenó que ya que había cambiado de parecer, llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando.
Después regresó a donde estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar vergüenza delante de todos.
Como siempre, fue escuchado con bondad pero el anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las veces anteriores. El hombre, medio molesto pero ya mucho más sereno, se dirigió al árbol centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco y su problema.
Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo: “Pensándolo mejor, veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor para darle un abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha hecho”.
El jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar juntos al pie del árbol, diciéndole: “Eso es precisamente lo que tenía que pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras tú mismo”.
Moraleja: Antes de tomar una acción impulsiva de la que puedas arrepentirte, tomate un rato para meditar. Verás que tu perspectiva cambia, y así evitarás el arrepentimiento posterior!

viernes, 16 de febrero de 2018

LAS CUATRO ESTACIONES


Había un hombre que tenía cuatro hijos.  El buscaba que ellos aprendieran a no juzgar las cosas tan rápidamente; entonces los envió a cada uno por turnos a visitar un árbol majestuoso. Un árbol de peras y que estaba a una gran distancia.

El primer hijo fue en el invierno, el segundo en primavera, el tercero en verano y el hijo más joven en el otoño.

Cuando todos ellos habían ido y regresado; él los llamó y juntos les pidió que describieran lo que habían visto.

El primer hijo mencionó que el árbol era horrible, doblado y retorcido.

El segundo dijo que no, que estaba cubierto con brotes verdes y lleno de promesas.

El tercer hijo no estuvo de acuerdo, el dijo que estaba cargado de flores, que tenia aroma muy dulce y se veía muy hermoso, era la cosa más llena de gracia que jamás había visto.

El último de los hijos no estuvo de acuerdo con ninguno de ellos, el dijo que estaba maduro y marchitándose de tanto fruto, lleno de vida y satisfacción.

Entonces el hombre les explicó a sus hijos que todos tenían la razón, porque ellos solo habían visto una de las estaciones de la vida del árbol.

El les dijo a todos que no deben de juzgar a un árbol, o a una persona, por solo ver una de sus temporadas, y que la esencia de lo que son, el placer, regocijo y amor que viene con la vida puede ser solo medida al final, cuando todas las estaciones han pasado.

Si tú te das por vencido en el invierno, habrás perdido la promesa de la primavera, la belleza del verano, y la satisfacción del otoño.

No dejes que el dolor de una estación destruya la dicha del resto.  No juzgues la vida por solo una estación difícil.  Aguanta con valor las dificultades y malas rachas porque luego disfrutarás de los buenos tiempos por que solo el que persevera encontrará un mañana mejor.

Un Abrazo,
"No importa la estación actual. Siempre y cuando estés listo para aprovechar tu tiempo y conseguir RESULTADOS en todas las estaciones."

miércoles, 31 de enero de 2018

El Sendero del Mago

Hay un mago dentro de cada uno de nosotros, un mago que lo ve y lo sabe todo. El mago está más allá de los contrarios de luz y oscuridad, bien y mal, placer y dolor. Todo lo que el mago ve, tiene sus raíces en el mundo invisible. La naturaleza refleja los estados de ánimo del mago. El cuerpo y la mente podrán dormir, pero el mago vela permanentemente. El mago posee el secreto de la inmortalidad.
La magia sólo podrá retornar con el regreso de la inocencia. La esencia del mago es la transformación.
El mago observa los ires y venires del mundo, pero su alma habita en el ámbito de la luz. El paisaje cambia, el observador permanece igual. El cuerpo es sólo el sitio al que los recuerdos llaman hogar.
¿Quién soy yo?. Es la única pregunta que vale la pena hacerse, y la única que nunca se responde.
Nuestro  destino es representar una infinidad de papeles, pero esos papeles no somos nosotros mismos. El espíritu no tiene lugar, pero deja tras de sí una huella a la cual llamamos cuerpo. El mago no se considera a sí mismo un suceso local que sueña un mundo más grande.
El mago es un mundo que sueña sucesos locales.
Los magos no creen en la muerte. A la luz de la conciencia todo vive. No hay principios ni finales. Para el mago, éstas no son mas que fabricaciones de la mente.
Para estar totalmente vivo, es preciso estar totalmente muerto para el pasado. Las moléculas se disuelven y desaparecen, pero la consciencia sobrevive a la muerte de la materia en la cual se aloja.

La consciencia del mago es un campo omnipresente. Las corrientes de conocimiento presentes en el campo son eternas y fluyen para siempre.
En los momentos de revelación están contenidos siglos de conocimiento. Vivimos como ondas de energía en el vasto océano de la energía.

Cuando dejamos de lado al Ego, tenemos acceso a la totalidad de la memoria.

Cuando se limpian las puertas de la percepción, comenzamos a ver el mundo invisible; el mundo del mago.

Hay un manantial de vida dentro de cada uno de nosotros, a donde podemos ir en busca de limpieza y transformación. La purificación consiste en liberarse de las toxinas de la vida: las emociones tóxicas, las relaciones tóxicas, los pensamientos tóxicos.

Todos los cuerpos vivos, físicos y sutiles, son manojos de energía que se pueden percibir directamente.

El poder es una espada de doble filo. El poder del ego busca controlar y dominar. El poder del mago es el poder del amor. El asiento del poder está en el yo interior. El ego nos persigue como una sombra oscura. Su poder intoxica y crea adicción, pero en últimas destruye.

El choque eterno de poder termina en la unidad.

El mago vive en estado de conocimiento. Este conocimiento dirige su propia satisfacción. El campo de la consciencia se organiza alrededor de nuestras intenciones. El conocimiento y la intención son fuerzas.

miércoles, 22 de agosto de 2012

El Gato y la Meditación


De vez en cuando, deberíamos repreguntarnos ciertas normas... quizás no sean tan importantes de respetar, ni de continuar respetando. Quizás, sea necesario reestablecer nuestro mundo, bajo nuevos ideales que nos permitan avanzar... no permitas que un "gato" te ate a una historia que ni siquiera podrías interpretar...


Un gran maestro zen, responsable del monasterio de Mayu Kagi, tenía un gato que era su verdadera pasión en la vida. Cierta mañana, el maestro, que ya estaba muy mayor, apareció muerto. El discípulo más aventajado ocupó su lugar.

-¿Qué vamos a hacer con el gato? – le preguntaron los otros monjes.

En homenaje al recuerdo de su antiguo guía, el nuevo maestro decidió permitir que el gato continuase presente en las clases de meditación zen.

Algunos discípulos de monasterios vecinos, que viajaban mucho por la región, descubrieron que, en uno de los más prestigiosos templos de la zona, un gato participaba en las meditaciones. La noticia empezó a correr.

Transcurrieron muchos años. El gato murió, pero los alumnos del monasterio estaban tan acostumbrados a su presencia, que se hicieron con otro gato. Mientras tanto, otros templos empezaron a introducir gatos en las sucesiones de meditación: pensaban que el gato era el verdadero responsable de la fama y de la calidad de la enseñanza de Mayu Kagi, y se olvidaban de que el antiguo maestro había sido un excelente instructor.

Un profesor universitario desarrolló una tesis – aceptada por la comunidad académica – defendiendo que el felino tenía la capacidad de aumentar la concentración humana, y eliminar las energías negativas.

Y de esta manera, durante todo un siglo, se consideró al gato como parte esencial en el estudio del budismo zen en aquella región.

Hasta que apareció un maestro que tenía alergia al pelo de los animales domésticos y que decidió prescindir del gato en sus prácticas diarias con alumnos.

Se produjo una gran reacción en contra, pero el maestro se mantuvo firme en su decisión. Como este era un excelente instructor, los alumnos continuaban con el mismo buen rendimiento en sus estudios, a pesar de la ausencia del gato.

Poco a poco, los monasterios – siempre en busca de nuevas ideas, y ya cansados de tener que alimentar a tantos gatos – fueron eliminando a los gatos de las clases. Al cabo de veinte años empezaron a aparecer nuevas tesis revolucionarias – con títulos bien convincentes como “La importancia de la meditación sin gato”, o “Equilibrando el universo zen apenas con el poder de la mente, sin ayuda de los animales”.

Transcurrió otro siglo, y el gato salió por completo del ritual de meditación zen de aquella región. Pero habían hecho falta doscientos años para que todo volviese a lo normal – ya que a nadie le dio por preguntarse, durante todo este tiempo, por qué el gato estaba allí.

¿Y cuántos de nosotros, en nuestras vidas, nos atrevemos a preguntar por qué hemos de actuar de determinada manera? ¿Hasta qué punto, en lo que hacemos, nos servimos de “gatos” inútiles que no nos atrevemos a eliminar porque cierta vez nos dijeron que los “gatos” eran importantes para que todo funcionase bien?

¿Por qué no buscamos una manera diferente de actuar?